26/11/09

Back to basics...

Debido a recientes acontecimientos que no son para relatar aquí, me he puesto en contacto con una parte de mis recuerdos a la que muy seguido hago referencia pero que en realidad estaba un poco dormida. Me refiero a la cosa de los hospitales, esta mañana recordé lo familiares y hasta agradables que me resultan los hospitales. Sin embargo pude darme cuenta de que lo que me gusta de ellos es sólo una cara del asunto, es decir, no me gusta ser paciente, casi que no lo soporto.
Mi problema, me he dado cuenta, es la gente. Estoy convencido de que si uno pretende tratarse integralmente la mejor opción es volverse paciente de un hospital. Ciononostante, es decir, sin embargo toda mi vida he sido paciente de médicos particulares, y por lo regular amigos de mi familia o algo así. Otra cosa curiosa es que de alguna manera aprendí a no armar alboroto por algo sencillo, y por lo tanto suelo sólo consultar especialistas. Entonces pocas veces en mi vida me he sentado en una sala de espera dónde haya más de 10 personas esperando (sin contar el hecho de que casi siempre tengo preferencia sobre esas 10). Por ello digo que la gente es el problema, lo que me molesta de un hospital son los pacientes, me molesta que sean tantos, que la consulta se vuelva una cosa multitudinaria y populachona :s, sobre todo porque a la vez tiene que ser una cosa íntima y no se puede ser íntimo plenamente cuanto tantas personas están involucradas.

Pero la otra parte, la de "tras bambalinas", la de los laboratorios y los consultorios, los cuartos de descanso y el comedor, y la comida del comedor, y las camas de hospital; los aparatos, el aroma (curiosamente el área de oftalmología olía a biscocho esta mañana, raro)...

Todas estas cosas me remiten a los primeros juegos de infancia, en pasillos blancos, debajo de las camillas, las enormes camas, la televisión a color...

Y de repente sucede que también es entretenido, del tipo de entretención que uno encuentra en un, mmm... no sé... Zoologico?

Y es que sucede que los médicos, aunque al final también los abogados, los ingenieros, los humanistas, etc. vienen por especies.
Creo que los médicos que más me agradan son los oftalmólogos, son a la medicina como los italianistas son a las letras. A parte el área de oftalmología por lo regular es la que menos sangre, agujas, cosas de acero y/o punzo cortantes tiene en un hospital.
Los dermatólogos, por su parte, son como gatos, o como las porristas de la medicina.
Las gineco-obstetras, en cambio, son una inusual alegría para la medicina, todo muy rosa y felpudo, sospecho que tiene que ver con aquella alegría, que a mí me sigue resultando medio incomprensible, del milagro de traer vida al mundo. En el peor de los casos los ginecobstetras son como pedagogos.
Los otorrinos son bastante parecidos a los oftalmólogos, es decir bastante chéveres, con la salvedad de que ellos s preocupan un poco más por las cosas comunes de la vida que le hacen daño a uno, como el cigarro, es decir que de repente si son medios aguafiestas.

Algo tengo que decir respecto a aquella creencia popular de que todos los médicos son fríos, despiadados, rudos... esto es indudablemente cierto, imagino que sobre todo lo será para especialidades gruesas como la de oncología o cirugía general. Sin embargo creo que ésta creencia se fundamenta sobre todo en el ejemplo de los médicos generales, que al parecer sienten tener la obligación de "espantar" a la gente para convencerla de que cuide su salud :s. Curiosamente todo esto es parte de su formación académica :p.

En cuanto a los odontólogos aún no logro llegar al punto de considerarlos médicos strictu sensu, me parece que son una cosa rara, aunque super necesaria.

Curiosamente creo que un médico es de las personas más optimistas y que más esperanza sabe albergar, ellos han decidido valorar la vida por sobre todo, y también han decidido dedicar la propia vida a la vida ajena. Pocas personas conosco que aprecien tanto estar vivas como lo hace mi madre y al menos varios de sus colegas.


13/11/09

Doch du siest mich nicht o del segundo miedo

Proemio.

Me tomó tiempo, no recuerdo cuanto, determinar mi primer miedo.
No le temo a la oscuridad ni a las alturas, más bien es todo lo contrario, tengo una conexión como... especial con ellas. Tampoco le temo a la soledad, ella me deprime o me relaja según el caso, pero no me da miedo.
Las arañas me son indiferentes, en cuanto a las cucarachas, a los alacranes, a las ratas, a los ratones y a otros roedores debo decir que me causan más bien repulsión, una repulsión que raya en lo irracional, pero tampoco es temor.
No nado pero disfruto mucho sumergirme hasta el cabello en el agua, el fuego me divierte y me calma; y tampoco me molestan los espacios pequeños o cerrados (un ropero, debajo de un escritorio, un elevador, un hoyo, etc.), lo que me molesta es compartirlos.

La muerte tampoco me da miedo; aunque no diré como es que llegué a esa conclusión, de verdad que no le temo, pero...

Es ese "pero" el que me ayudó a descubrir mi primer miedo. No sé cuándo, repito, pero imagino que fue un momento como éste de ocio o más bien otium mental. Entonces, para efectos prácticos, digamos que fue un momento como éste en el que descubrí que le temo, con una seriedad que raya en lo irracional, a la senectud. Considero importante resaltar que senectud y vejez, al menos para mí, no son lo mismo, valga decir que me entiendo bien con las "personas mayores".

Importante descubrimiento.

En un momento como en el que descubrí mi primer miedo, reportádose algunos minutos atrás, he determinado que hay otra cosa a la que le temo. Y tal descubrimiento irrumpió justo antes de que pudiera cerrar el paréntesis.

Siempre he pensado que ir por la vida sin temores, o en su defecto, con una cantidad limitada de ellos, resulta bastante cómodo, por no decir liberador y seguro. También es útil, porque la actitud del fearless encuadra muy bien con el paradigma del success.

Sin embargo me encuentro ahora en la posición de dar crédito a aquella arcana sabiduría de mis ancestros, transmitídame a través de mis padres, y transmitida a ellos, como es lógico de suponer, por medio de mis abuelos; y cuyo proberbio angular versa lo siguiente (variando según la región): "es de los vivos, y no de los muertos, de los que hay que tener miedo".*

Y es a los "vivos" a quienes temo.

Te temo a ti, y por eso aparto la mirada, contengo mis palabras, te dejo seguir permaneciendo yo estático, cierro los ojos y me convenzo de que será mejor que, al reabrirlos, no estés más ahí...

Seguramente ir por la vida con tal temor es de lo menos cómodo y seguro, a parte que de lo más triste en tanto que solitario. Y es, seguramente, por eso que me invento historias y las pongo a jugar en mi cabeza, con personajes, no personas, que me son amigos , y a veces detractores, y a veces confidentes, y a veces traidores, y a veces centinelas, y a veces invasores, y a veces algo más. Y juegan, conmigo y en mí juegan, mis personajes, y aparecen y se van por mi voluntad; aunque, debo confesar, se parecen a ti.

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* Aunque el sentido del término "muertos" aún ahora permanece más bien oscuro, hay un concenso más o menos uniforme que considera que la traducción acertada del término el vivo sería el término y concepto de "persona".

05/11/09

"Sólo quedan las ganas de llorar al ver que nuestro amor se aleja..."

Últimamente me cuesta mucho trabajo salir de mi casa, no logro entender bien el porque. Será, tal vez, que ya no queda nada, o casi nada , de aquel antiguo yo que pasaba la mayor parte de su vida fuera de casa, que odiaba estar en casa los fines de semana y los "días de asueto", que siempre quería estar en la calle con sus amigos o sin amigos, haciendo cualquier cosa productiva o improductiva, bailabdo en un salón de baile, cantando en uno de canto, en un gimnasio, en un taller de creación o en alguna otra actividad extracurricular.

El yo de ahora pasa más tiempo del que se puede creer en su pequeña madriguerita (porque aquello en lo que vive está lejos de poderse llamar "casa"). Aunque ve menos, mucha menos Tv que aquél otro Yo de antes, pasa ridículamente mucho tiempo en la red, posteando entradas en su blog, atendiendo sus relaciones facebookeras, jugando Pet y Mafia, desvelándose viendo videos en YouTube, y, ocasionalmente, descargando cositas de la red. Claro, el Yo de hoy, como el Yo de antes, ama dormir, pero duerme más, mucho más, duerma al punto de que sus 5min se han convertido en al menos dos horas.

No puede evitar que una molesta culpa lo acose, pues sabe que debería dedicarle más tiempo a cosas serias (att. a este adjetivo) como preparar sus clases (lo cual, impresionantemente, siempre está listo entre 20 y 15 min antes de la hora); como escribir, pues valla que tiene muchas cosas que escribir; como buscarse un bonito trabajo que buena falta le hace (o le hará).

Y es que este Yo nuevo (aunque no joven, para nada joven) es una persona "seria", con responsabilidades también serias, que no puede saltarse una clase para ir al cine porque es él quien tiene que dar la clase, que, sobre todo, tiene que tomar decisiones de verdad, y eso es algo que le desagrada sobremanera.

En realidad este Yo se siente violentado, siente que ha sido forzado, que es constantemente forzado a hacer cosas como crecer, como decidir, "actuar como adulto", como responder, como ordenar (lo más ofensivo es cuando un mesero estúpido lo fuerza a decidir qué es lo que ha de comer).

Al final del día este Yo escucha dentro de sí, con añoranza, al Pequeño Príncipe (ok, el Principito) que le dice: "¿Cosas serias? ¡Hablas como las personas mayores! ¡Confundes todo! ¡Mezclas todo!"

02/11/09

Estaba pensando...

No me gustan los apretones de manos y es algo que la gente debería saber sobre mí, pienso. No sé cuándo, cómo ni dónde decidí que no me gusta saludar de mano a la gente, imagino que tiene que ver el hecho de que desde siempre me enseñaron que no está mal expresar las emociones de uno, y es algo en lo que creo. Seguro también tiene que ver el hecho de que en casa desde siempre nos hemos abrazado y besado mucho, y cualquier otro tipo de muestra de afecto menos efusivo resulta bastante extraño.
Recuerdo que una vez vi a un amigo despedirse de su mamá con un apretón de manos y un discreto beso en la mejilla, a mí me resultó bastante raro así que hice la prueba y poco después cuando me despedía de mi madre para volver a la escuela le extendí la mano, ella reaccionó bastante sorprendida y me retiró la mano con un gesto de "no seas ridículo" o algo así.
Mi punto es que los apretones de manos me han resultado siempre bastante impersonales, un gesto diplomático (que es otra forma para decir falso si no es que hipócrita) que sirve para saludar a gente que nos es poco significativa, impropio, según yo, para demostrarle a alguien que nos importa el gusto que nos da volverlo a ver.**
Quien me conoce algo, sabrá que, cuando agarro un poco de confianza, raramente saludo a alguien con algo menos que un abracito (y un beso en el caso de las chicas). Quien me conoce desde hace bastante sabrá que la mayoría del tiempo tengo que controlarme bastante para no lanzarme a los brazos de los demás.
Así pues resulta que soy gran fan de los abrazos, alguna vez escuché en algún lado que una persona necesita al menos 12 abrazos al día como parte del cuidado de su salud. Por mi parte entiendo bastante bien este punto, aunque me resulta impresionante lo verdaderamente poco que se abraza la gente, algo bastante fácil de notar para alguien como yo.
Al final la suerte quiso que mis mejores amigos fueran personas más bien frías, es decir que no saben y/o desean que los demás sepamos lo que sienten, y que, por lo tanto, no son buenos abrazando a los demás y no gustan de ello.
De repente me descubro clasificando a la gente según su forma de abrazar. Están las personas frías que prefieren evitar el contacto con los demás y, cuando se ven obligados a abrazar a alguien, lo hacen con un par de palmaditas fugaces que le quitan todo posible significado a la acción.
Hay quien, en cambio, va por la vida abrazando a la gente sin medida sólo para crearse una imagen de persona popular y amigable. Este tipo de abrazos es el sello de la hipocresía, supongo que es el equivalente al beso de judas :p.
Lo peor, en mi opinión, es cuando dos hombres se abrazan, me refiero a dos de esos hombres que todo el tiempo sienten el temor de que alguien les acuse de mmm... digamos... poco masculinos. Entonces convierten el acto de abrazar en una cosa muy bizarra e incómoda que sería mejor evitar, algo así como la versión elaborada de un apretón de manos ejecutivo: un acercamiento parcial, cuidando mucho que no haya ningún tipo de contacto frontal con la persona a quien se abraza (sobre todo a la altura de la cintura), y un par de palmaditas (preferentemente poco enérgicas) en el omóplato de la otra persona, para cerrar, claro está, con un reconfortante y bien marcado apretón de manos.
Están las personas abrazables, que, aunque no comunican mucho con sus abrazos, tienen algo que siempre hace agradable el rodearlas entre los brazos de uno (normalmente tmbn tienden a ser bien dejadotas como María :p hehe).
Por alguna razón (que seguramente excede el tema de los abrazos) mis personas favoritas son tmbn de esas personas que no le temen al contacto (pienso en gente como Andy, Roi, Deb, mi hermana Liliana...), y encuentran en los abrazos una forma de comunicar una emoción con sinceridad, como "qué gusto me da volverte a ver" o "si necesitas algo tienes mi apoyo", pero también "tengo un problema!" o más aún "me siento mal, te necesito"; y también simplemente "te quiero". Abrazar a estas personas siempre es gratificante porque uno siente que establece una comunicación tan especial que no podría darse de otro modo.
Sinceramente espero entrar dentro del último grupo, al menos porque siempre me he esforzado en ello.
Y ya, supongo que eso es todo amigos.
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** Debo anotar que alguna vez un profesor al que quiero mucho me enseñó como debía ser un apretón de manos para que no fuera un gesto seco y sin significado. Curiosamente desde hace mucho tiempo cada que nos vemos nos saludamos con un gran abrazo.

18/10/09

Una condición de vida

Todos los días leemos algo, algo más, quiero decir, que los espectaculares, los señalamientos de la calle, los subtítulos del cine, algo más, incluso, que los encabezados de los periódicos: un ensayo, un capítulo de una novela, el cuento de un amigo, la poesía que nos escribe un novio, la letra de una canción...
Todos los días, pensaba, valen algo tan sólo si se encuentra esa "menor provocación" para leer algo. Porque hacerlo es maravilloso, de repente no tan agradable (si, estoy pensando en cosas como de superación personal pero también en trabajos de estudiantes desinteresados), pero de cualquier forma maravilloso.
Pero, de repente caigo en la cuenta de que somos bien pocos, tristemente pocos, orgullosamente pocos, aquellos para quienes leer es, aún más que una necesidad, un capricho o un hobby, una condición de vida.

08/10/09

Una amiga soñó conmigo...

y luego de que me contara su sueño vino a mí algo que ubico entre un recuerdo y un deseo: una proyección de cine al aire libre en la plaza de un pueblito, así como en aquella escena de Cinema Paradiso.
Digo entre recuerdo y deseo porque en algún rincón de mi memoria hay un imagen borrosa (así como las fotografías de infancia de mi abuela) que me dice que ya he vivido algo así, y entonces algo raro quiso salir como de mi pecho y correr al lugar de la imagen borrosa. Sin embargo estando aquí y ahora, en mi pequeña habitación dentro de una casa anónima en medio de la ciudad-más-grande-del-mundo, a menos de veinte minutos (a pie) de dos de los complejos de dos de las más cadenas de cines del país, a casi 24hrs de haber entrado a ver una película (no en uno de esos complejos, sino en otro de la misma raza) de esas que seguramente no se proyectarían en un pueblito; en este aquí y ahora, esa escena de Cinema Paradiso me parece casi inverosimil.

Y sin embargo...
sin embargo me encantaría encontrar un pueblito así, una noche así y una pantalla de cine así.

Aunque no creo que con eso se llene el extraño huequito que siento dentro.

25/09/09

I nascondini

Tengo ganas de esconderme debajo de un escritorio.
Poco recuerdo del sentido y de la fascinación que, siendo pequeño, le encontraba a los espacios oscuros y reducidos: a los escondites. Sin embargo últimamente quisiera encontrar uno de esos espacios pequeños. Tal vez porque pienso que en ellos no caben las grandes preocupaciones y angustias. Estando en un escondite no se pueden ver los objetos que causan miedo, y los ruidos perturbadores no son más que ecos lejanos que se pierden sin dejar sus huellas en nosotros.
Yo nunca he entendido por qué habría de temerle a la oscuridad, la oscuridad me ha sido siempre amiga, así como de los gatos.