Termino de leer Mokingjay,
y con ello toda la trilogía de The
hunger games, y entre las muchas preguntas que me quedan flotando en la
cabeza, una es si Suzanne Collins habrá leído La Storia y/o Il Gattopardo.
Imagino que no, así como imagino que si la duda fuera demasiado seria podría ir
a acosarla a donde vive en Connecticut para preguntarle, es la cosa con los
autores vivos: aún se les puede preguntar cosas concretas. Pero, insisto, dudo
que lo haya hecho, y en realidad me parece que la pregunta responde más a mi
propia experiencia lectora, gracias a la cual decido que esta trilogía no está
tan alejada de aquellas novelas a pesar de ser, a primera vista, diametralmente
distintas.
The hunger games es una historia de ciencia ficción ambientada en una Norteamérica futurista y
post-bélica, donde se ha erigido la nación de Panem, un estado cuyo territorio
está dividido geográfica y demográficamente en 12 (antes 13) distritos, de
acuerdo con sus actividades económicas, todos gobernados de manera totalitaria
y dictatorial por el Capitolio, la ciudad privilegiada en todos los sentidos,
de donde emanan las leyes, la represión, y los Juegos del hambre.
Como buena historia de ciencia ficción, existen los
antecedentes que han llevado hasta el momento “presente”, en este caso la
rebelión de los distritos, the Dark Days, terminada 75 años atrás con la
victoria del Capitolio, la firma del Tratado de la Traición y la institución de
los Juegos del hambre, un evento televisivo anual en el que 12 niños y 12 niñas
de los distritos participan en un desafío a muerte hasta que quede sólo un
sobreviviente “this is the Capitol's way of reminding us how totally we are at
their mercy”.
Hasta aquí son claros, incluso sin necesidad de ir y
preguntarle a la Collins, algunos antecedentes necesarios a esta obra. La
política romana del pan y circo, donde el pan son los distritos y el circo los
Juegos del hambre, como reflexiona Katniss, para el gobierno del Capitolio. Por
otro lado esta trilogía tiene detrás toda la tradición de la ciencia ficción,
dese 1984, hasta la Matrix, historias donde el ser humano ha
llegado al fondo de su decadencia, ha perdido su libertad y lucha, con
renovadas fuerzas, por recobrar el estilo de vida de un pasado ideal. Sólo que The hunger games, en voz de Katniss, su
protagonista y narradora, lanza la duda sobre qué tan ideal puede ser ese
pasado que nos ha hecho llegar a donde estamos.
Por otro lado, junto al ya conocido sistema de control
representado en 1984, en el que el
gobierno tiene la prerrogativa de monitorear la vida privada de cada ciudadano
a voluntad, Suzanne Collins lleva al extremo otro modernísimo sistema de
control para Panem: el control mediático. Los Juegos son a la vez un
entretenimiento para los ciudadanos (que de hecho dura prácticamente todo el
año) y un recordatorio de la superioridad del Capitolio; pero igual de efectiva
es la manera en que cada distrito permanece aislado física, pero sobre todo
mediáticamente de los demás, pues toda la información del exterior es filtrada
por el Capitolio (reminiscencia evidente del doublethink orwelliano), así como la educación, pues, por ejemplo,
en el distrito 12, especializado en la producción de carbón “we are thought
mostly about coal”, cosa común a cualquier sistema totalitario de la historia.
Desde un panorama más amplio, es más que conocido que en
repetidas ocasiones la ciencia ficción como la fantasía (ambos géneros que ha
trabajado la autora) llevan detrás un comentario más o menos velado y más o
menos radical sobre la realidad en que surgen. Hablan, finalmente, de la
historia del ser humano. Así The hunger
games representa un futuro posible moldeado por los excesos en ciertos
valores que las sociedades actuales de hecho defienden e integran en su
cotidianeidad. Se inscribe al final en el grupo de las obras que critican
nuestra actualidad y explican cómo los errores de nuestra historia se pueden
volver a volver a repetir.
Sin embargo es también un drama personal, por esto la
elección de la voz narrativa me parece todo menos casual, pues el relato de la
historia es delegado en su totalidad a la protagonista, Katniss Everdeen, que
relata cada paso en presente. Es decir que la ilusión que se construye del acto
de narración, es que cada acontecimiento sucede, más o menos, en el momento de
su lectura. Esta elección permite muchas cosas, por ejemplo que, a pesar de la
densidad del argumento, el relato sea relativamente breve y, sobre todo, appealing. Hace poco, cuando alguien me
preguntaba mi opinión sobre la novela, me descubrí repitiendo la crítica de
Stephen King “es adictivo”, pues no sólo la agilidad con la que corre la acción
(algo por demás probado en la literatura de habla inglesa) mantiene la
atención, sino la identificación con todos los fenómenos psicológicos y
emocionales que sufre Katniss Everdeen, pues más allá (o más acá) de ser una
historia sobre la historia, The hunger
games es un cuento de amor (en muchas de sus distintas facetas, pero amor a
fin de cuentas). Más aún, si lo vemos estructuralmente, lo que leemos es la
historia de una chica de 16 años que vive para sostener a su familia hasta que,
siempre impulsada por amor a su familia y seres queridos, se convierte en el
símbolo de una revolución.
Katniss no es una heroína más de lo que es una víctima, es
decir, puede ser una heroína cuando se ofrece como tributo para sustituir a su
hermana, o cuando arriesga su vida por salvar a Peeta en la primera arena, o
cuando entra en combate en el distrito 8, pero sus motivos siempre son lo más
personales que pueden ser, casi siempre son sus afectos lo que la lleva a actuar
de forma heroica en tal o cual ocasión, ya sea que se siente en deuda con
alguien, ya sea por amistad o por amor. Fuera de esto, durante casi toda la
trilogía, la historia es algo que le pasa a ella (y, no hay que ser injustos, a
su círculo inmediato), los Juegos e incluso la Revolución son acontecimientos
que la superan y que se sirven de ella hasta que al final nadie sabe qué
hacerse de ella. Tal vez es por esto que el relato no puede evitar decaer hasta
su casi final romántico, en el que Katniss de manera impulsiva decide evitar el
gatopardiano “todo tiene que cambiar para que todo pueda permanecer como antes”,
y más aún el final endulcorado de su epílogo.
Así es, pues, como se me ocurre que The hunger games se puede relacionar con La Storia; un relato definitivamente más complejo e
inconmensurable, pero que en el fondo hace, intencionalmente, lo que el otro
hace tal vez inevitablemente: poner en evidencia el drama individual de las
personas ante los dramas sociales e históricos que los superan sin dejarlos de afectar.
En ambas autoras, por ejemplo, Morante y Collins, las escenas de violencia son
impresionantemente vívidas y desgarradoras, al grado de dejarle a uno un
estómago debilitado, pero no son nunca gratuitas:
the death scenes
are always hard to write. It’s difficult to put kids in violent situations […].
Characters will die. It’s not fun to write, but I think if you can’t commit to really
doing the idea, it’s probably better to work on another type of story. Given
that, you have to remember who you’re trying to reach with the book […] Exactly
what details they need to know to really understand it, and what would be
gratuitous
dice Collins.
Por otro lado, Katniss, si bien pasa la mayor parte del
tiempo lidiando con sus conflictos personales, no puede evitarse la tarea de
lidiar con el “conflicto nacional” que, en parte, ella propició. Sus
pensamientos, en ciertos momentos de la historia, parecen construidos desde un
panorama más amplio y reflexivo del que se esperaría de una chica de 17, aquí
cabe recordar que esta chica de 17 ha tenido la astucia para sobrevivir a la
orfandad, a la opresión, y a dos ediciones de Juegos del hambre. El punto, a mi
juicio, crucial a este respecto, es cuando la protagonista decide que el nuevo
orden de cosas comienza a verse muy similar al viejo (y que de hecho ha sido
así desde siempre), y decide actuar en consecuencia. Aquí es donde veo
reflejarse Il Gattopardo, tal vez de
manera más forzada, una novela que, desde la ficción histórica, comenta
(prefiero este verbo al de ‘criticar’) la dinámica histórica de nuestra
realidad, de nuestras sociedades. Lo mismo, a mi juicio, logra Collins con su
trilogía, de nuevo, con una construcción narrativa más modesta, pero sobre todo
con una configuración mucho más actual (hay que considerar el medio siglo entre
una y otra obras), que nos hace saborear fenómenos que vivimos todos los días,
como el de los reality shows, por mencionar uno.
Alguien dirá, probablemente, que exagero en mis
apreciaciones y que esto no es más, como de hecho leí en una reseña sobre la
película, que una historia para adolescentes. No podría yo encontrar manera de
rebatir a ese alguin, en efecto The
hunger games tiene todo lo que una historia necesita para atrapar la
atención de, no sé, mis hermanas preparatorianas, por ejemplo, por no decir de
mis alumnos y algunos de mis colegas (coetáneos, sobre todo). Tampoco me
imagino por qué esa característica, la de ser literatura para jóvenes, podría
de alguna manera desvalorizar a la obra. Finalmente hay cosas ahí que me
interesaría más que las entendieran mis hermanas pequeñas que mis abuelos.
Cuanto le preguntan a Suzanne Collins qué espera que sus
lectores extraigan de la trilogía, ella responde: “Questions about how elements
of the book might be relevant in their own lives. And, if they’re disturbing, what they might do
about them”. En mi opinión, esto es una inevitabilidad. En general tengo
la idea de que la ficción, la buena ficción al menos, no puede más que tener
ese último efecto. Personalmente, no puedo evitar formularme más preguntas cada
vez que vuelvo a la historia, y, de hecho, quisiera comenzar la relectura lo
antes posible, pero ya presté mi copia del primer libro. También está eso,
pienso que es importante, por muchos motivos, comunicar esta historia.


