De entrada se desviste con la mirada. Es eso a lo que le llaman deseo. Es sentir un insendio interno, que nace cerca de la boca del estómago y se expade por todo el pecho, y asfixia un poco, y le da a la mirada una potencia inusitada. Es adivinar en los pliegues de la ropa las peculiares formas que se ocultan detrás. Es observar cada pequeña porción extra de piel que se descubre con un descuidado movimiento, o la silueta sugerida por los rayos del sol que atraviesan el delicado tejido de una prenda.
Se desviste después con el olfato y, llegado el momento, también con el gusto.
Se desviste sobre todo con el tacto, adivinando primero cada forma, deslizando con las palmas cada prenda, con delicadeza, sin prisa porque el tiempo no importa en el camino de la desnudez.
Desvestir es sobre todo cubrir de un manto nuevo, el manto del propio aliento que da un sedoso calor a la piel desnuda, de las propias manos que la recorren con la suavidad de una balza surcando la superficie de un tranquilo lago; el manto de la propria piel que cubre y se confunde con la piel ajena.
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