05/11/10

"Lume v'è dato"

Hoy la vida me enseñó... más bien, me recordó una lección que un amigo me había dado hace no mucho.
La historia es demasiado asqueante, ofensiva, violenta, e indignante, et al. Pero sobre todo la historia no es mía por lo cual prefiero no contarla.

A las dos personas que leen este blog sé que les serán familiares los sinsabores que me ha acarreado el hecho de permitirle cierta cercanía a ciertos alumnos. Una amiga, que sabe muy bien poner claridad a cualquier cosa, me dijo algo como "es que un profesor es una figura de autoridad", y justo después comenzó su disertación freudiana que resultaba bastante pertinente en el momento.

Antes de continuar, y porque no creo que logre escribir algo aceptablemente claro, quiero puntualizar que este blog pretende hablar sobre mi relación con mis alumnos.

Dicho lo anterior debo comenzar confesando que de un tiempo a la fecha he sentido un poco de aversión hacia mis alumnos. De entrada me he sentido cansado, anímicamente, digo, pues he experimentado en poco tiempo emociones contrastantes y muy poderosas, eso agota. Pero también llegó un momento en el que me sentí cansado de ellos, me sentí cansado de ser una mamá que escucha problemas que no le competen, que da consejos que no tienen que ver con "mi clase", que tiene que escuchar excusas que de académico no tienen ni el intento, pero sobre todo que se tiene que cargar de la mala energía de los problemas de otros (el problema es que no son cualquier tipo de otros).
Por todos estos motivos decidí,con mucha más determinación que antes, que levantaría un muro entre ellos  y yo fuera de la clase, un muro que llegó a extremos como obligarme a caminar para no tomar el mismo autobús, a pasar a lado de ellos por el pasillo sin siquiera dirigirles la mirada, a salir casi huyendo al finalizar la clase.

Hasta que...

Justo ahora recuerdo que los profesores sí somos mamás. Curiosamente vuelvo a la primaria, a ese momento tan imprevisto en el que uno levanta la mano y dice en voz alta "mama!" cuando en realidad quería decir "maestra!". No quiero pensar justo ahora lo que un psicoanalista tiene que decir al respecto, pero la confusión me parece más que lógica. Evidentemente ahora que estoy "del otro lado" debo concluir que sí soy una mamá, y he sido una madre negligente al dejar que por pecadores paguen justos.

Aunque no contaré la historia contaré que hoy le pasó algo terrible a una alumna mía, y le sucedió "en mis narices". En realidad me tomó un vistazo de reojo notar que algo estaba "raro", y durante toda la clase estuve perfectamente consciente de que algo no estaba bien. Consideré, naturalmente, preguntarle "todo bien?" o algo así, desistí y ahora sé que estuvo mal. Al final preparando mi huida, logré sobre-escuchar, sin embargo, la conversación sobre "lo sucedido". Dudé, me acuso, si hacer lo que sabía que debía hacer. Pero lo hice; y, como una madre que a nuestros seis años se nos figura poderosa, segura, sabia, en fin omni-, ayudé a mi "niña", como era mi deber, como siempre lo ha sido, el deber que nunca debí haber ignorado.

(sé que lo que haya sentido ella es mucho más fuerte que cualquier cosa que pueda haber sentido yo, y que podría parecer demasiado egoísta que convierta su trauma en mi historia, pero aguántenme tantito)

Recuerdo cuando comencé a dar clases, primero como sustituto, luego como remplazo, luego como titular de la clase. Recuerdo que desde el principio me encantó. Recuerdo que a cada inicio he siempre querido hacer más, plantear mayores objetivos, inventar mejores maneras. Recuerdo que una de las primeras cosas que me encantaron de enseñar fue la cosa de ser depositario de la confianza de 'x' número de personas, la cosa de saber que esa confianza era mí tesoro, algo que debía proteger y cultivar siendo lo mejor que pudiera ser (es decir haciendo nada más que mi chamba). 

La lección...

Érase una vez que mientras yo daba clase una alumna se soltó a llorar. En el momento no supe reaccionar y me quedé medio pasmado, aún agradezco el buen tino de otra alumna que logró desviar la atención. 
Sé por qué no supe reaccionar, y es que aunque soy súper "master" para entender, dialogar y lidiar con mis emociones, soy bastante ineficiente para comprender y empatizar con las de otros, supongo que es parte de mi falta de apego. 
Ese día más tarde, mientras le platicaba lo sucedido a un amigo, yo me atreví a decirle "es que no es mi problema" a lo que él me contestó "es que no Alo, son personas y nosotros tenemos que preocuparnos por ellos". Es un muchacho inteligente, lo sé porque muchas veces con pocas palabras hace que me caiga el veinte sobre cosas de verdad relevantes. Supongo que esa es la contraparte de esa cosa bonita de tener tantas personas confiándole a uno su conocimiento. Cuando somos pequeños nuestra madre es nuestro mundo, y por lo mismo es la responsable de asumir nuestros problemas. Toda proporción guardada, repito pues que los profesores son mamás cuya responsabilidad no termina junto con su clase y ni siquiera junto con su curso. Pienso en mis profesores de la primaria preguntándole de mí a mis padres, gente que nunca me interesó en realidad. Pienso en los que sí me interesaron: mi maestra de español de la secundaria que siguió leyendo mis textos aún cuando yo ya estaba en la prepa, mi maestro de italiano que aún me comparte su material de lectura, mis maestros de la carrera que me detienen en los pasillos para preguntar en qué ando, los que se volvieron mis amigos...

Dos cosas creo haber concluido hoy:  una es que hay buenos alumnos y malos alumnos, pero como hay buenos hijos y malos hijos, y el error típico de los padres es preocuparse sobre todo por los segundos, así entre los alumnos no está bien que por justos paguen pecadores.

La segunda es que nuestros buenos maestros (que son buenos para nosotros aunque a veces no lo sean per se, y lo son porque confiamos en ellos) son los que se quedan en nuestra memoria, aquellos a los que eventualmente volvemos a buscar consejo, guía, apoyo o simplemente una buena conversación.
Confieso que la verdad, la verdad, yo si quiero ser un buen maestro.

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